Oscar Barra

SOBRE MÍ

Oscar Barra es un artista plástico nacido en Santiago de Chile en 1964. Prácticamente toda su infancia la pasó en la sureña ciudad de Chillán, donde vivió en contacto con la naturaleza y vio una exposición de pintura por primera vez. Tan impresionado estaba con los cuadros de la galería que sintió que eso era lo que haría el resto de su vida: pintar.

Siendo un niño, inventó sus propios cómics de aventuras y ciencia ficción. Personajes interdimensionales, naves interplanetarias, criaturas híbridas y poderes ocultos para vencer el mal. Recolectar insectos y hojas para dibujarlos se convirtió en su primera escuela de arte, así como dibujar personajes históricos sacados de los libros. Nunca dejó de pintar y dibujar, incluso en los momentos más difíciles de su juventud al no contar con el apoyo familiar.

Después de algunos años de estudiar Arquitectura, Ingeniería y Derecho, para dar en el gusto a sus padres, tomó la decisión de entrar a la Escuela de Arte de la Universidad de Concepción sin importar las consecuencias con su entorno cercano.

A los 21 años, recién casado y en su primer año de escuela, una tragedia familiar casi lo hace abandonar sus sueños. En medio de un ataque de esquizofrenia de su suegro recibió una puñalada que se detuvo a medio centímetro de su corazón. El caos y las dudas se dejaron caer en sus pensamientos. Recuerda que el gran pintor Iván Contreras lo convenció de seguir adelante pasara lo que pasara. Fue así como, ya estudiando arte, conoció a sus grandes amigos y compañeros de ruta: Gustavo Riquelme, Mario Sánchez, José Fernández, Vicente Rojas y Jaime Petit-Breuilh. Junto a ellos formó el grupo Grisalla en 1991 y en 1992 realizaron la icónica exposición “Viaje al ocio, la locura y la muerte” en el Museo Nacional de Bellas Artes. Entonces llegaron las invitaciones de galerías de arte importantes, exposiciones, giras recorriendo todo el país. Para entonces, Oscar vivía en Florida, un pequeño pueblo rural cercano a Concepción. Su taller era angosto como un pasillo y el techo caía en diagonal para apoyarse en pequeños ventanales que daban al patio, un gran parrón, un nogal gigantesco y un cielo azul cobalto. Era realmente un lugar pequeño y muy frío en los inviernos, pero los veranos eran de un calor sofocante y mucha luz. Ahí pintó muchos de sus cuadros importantes de esa época.

Han pasado los años, hoy tiene su taller en Santiago de Chile. Su obra es muy reconocida, es un artista respetado con una imaginación inagotable. Un referente del surrealismo y del oficio.

Su hambre de creador lo ha llevado también al grabado, la escultura, el dibujo y la acuarela. Muchas son sus obras, cientos, miles… no sabe. Tiene seguidores de diferentes generaciones, algunos lo conocieron siendo niños por un par de libros de cuentos que ilustró y que han trascendido dentro de las familias que los tienen, que pasan de padres a hijos y a nietos. Es que sumergirse en su mundo de fantasía es más que una experiencia plástica… hay recuerdos, sensaciones, historias, la magia de la vida, lo que fuimos y lo que podemos ser cuando somos capaces de soñar y crear.

También recuerda que en los años de academia fue fundamental escuchar las enseñanzas y anécdotas de su maestro, el artista Eduardo Meissner, y el privilegio de contar en el mismo edificio con el mural “Presencia de América Latina” del maestro mexicano Jorge González Camarena, además de la Pinacoteca de la Universidad de Concepción con su importante colección de pintura chilena. Según cuenta, todos los días visitaba el mural para observar sus extraordinarias figuras, descifrar la técnica e impregnarse de su imponente magia. Es de un valor incalculable lo aprendido de esa monumental obra. También la amistad con sus pares, las conversaciones interminables y de trasnoche, los viajes, la itinerancia de las muestras, el intercambio de ideas, las alucinaciones compartidas dentro del sueño de ser artista.